Saturday, February 7, 2026

Cuento: Los Macos.

Los Macos.


Era Yoan Almonte un joven psiquiatra con una práctica que acababa de despegar. Se destaca por aplicar los principios de la descolonización del saber a su formación como médico. Lector de Zaglul y Fanon, no era ajeno a las peripecias de la profesión en su país ni mucho menos en su provincia de San Pedro de Macoris. Pero su abuelo, un destacado dirigente intermedio de un partido politico, cuyo lema era “trabajo si, sonido no”, le exhortó a priorizar su buen nombre por encima de todo y por ello le obsequió un vehículo y un modesto apartamento en el sector Evaristo Morales de la capital, puestos a su nombre.


Era Viernes. El Dr. Yoan Almonte no tenía pacientes ese día. A sabiendas que el celular para emergencias podía sonar en cualquier instante, accedió a la invitación de su abuelo a coger para su provincia en ocasión del cumpleaños del a celebrarse el Domingo. Llegó a eso de las siete y media. Le recibe la muchacha del servicio doméstico quien le vio crecer y le dice “Tu ‘ta fuerte, papi” con una sonrisa y entusiasmo. “Tu abuelo está en la terraza, juye que te quiere ver”, le dice tras abrazarse. 


Pasan las horas. Un haitiano que funge de sereno le comenta a otro, en creole, que se siente afable el ambiente. Le lleva dos cocos destapados al abuelo y el nieto. 


No obstante, Yoan le pregunta a su abuelo, “Papá Rafa, ¿por qué tienes que tener tanto reguero?. No entiendo, un hombre tan pulcro, que emana el aura de orden de los militares de antaño, ¿porque tiene tanto desorden en su casa”?.


El abuelo se ríe y le contesta “Mijo, la última vez que limpié salieron tantos macos que me asuste”. Hace una mueca y abri los ojos como quien está siendo revisado por el oculista. 


“¿Como así, abuelo?”, pregunta el psiquiatra sospechando que si se ponía a cucutear solo encontraría, quizas, comejen y arañas. 


“O si”, dice el abuelo. “Un dia, me puse a dizque limpiar el cuarto de reguero y hasta un Pen Pen había”.


Llega la muchacha con la comida, unos sanduches con un chocolate. El nieto de Don Rafael ve que su abuelo casi no tocó uno de los dos que le llevaron. “¿Qué pasa, abu? ¿No tienes hambre?”, le pregunta. 


“No es eso, es que ese es para el muchachito”, dice el abuelo. Alza su vista por la terraza el médico y ve un niño desnudo que presume hijo del sereno caminando cerca de la casa donde duermen. 


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