Saturday, January 10, 2026

CUENTO CORTO: El AMET

El AMET


        Estaba perdido, en Belén con los pastores, el joven Yulai José Leopoldo de la Rosa Céspedes. Sabía dónde estaba, pero tenía su mente hecha un chanchullo. El supervisor del centro de llamadas donde laboraba en Santo Domingo de Guzmán “apretandolo” para que mejore desempeño porque acababan de subir las métricas necesarias para obtener el bono de incentivo por rendimiento y, encima de, se rumoraba que el cliente de dicho proyecto pronto se iba a marchar de la empresa y que la empresa podría tener que despedir a algunas personas. Él tenía cinco años laborando como “empleado modelo” y los cuchicheos sobre sí darían la cesantía o no era un murmullo constante en los pasillos.


Yulai tenía mil cosas en su mente. Su carro podría apagarse en cualquier instante. Un mecanico del barrio al lado de su ensanche ubicó la pieza pero él necesitaba cobrar para comprarla. Tenía el celular encendido a toda hora porque su mamá tenía un problema, pero entonces al día recibía varias llamadas. Había aplicado a un prestamo para refinanciar sus deudas pero solo recibía varias llamadas de ofertas para nuevas tarjetas de crédito y ya el tenía tres. 


Es ahí que, intentando poder colgarle rápido pero de manera decente a una representante de un banco que intentaba venderle una tarjeta, diciéndole que estaba manejando, una oficial de la Autoridad Metropolitana de Transporte le hace señas para que se estacione en una esquina. Procede a decirle “te llamo ahora, que me paró una AMET”, y le cuelga. 


Yulai siguio su camino como si no fuera con él. No tenía el cinturón de seguridad puesto. Encima de, para esquivar a la AMET, de manera instintiva, se metió en rojo también. No tenía los papeles al día. Llegó a la empresa y desempeñó sus labores ordinarias como de costumbre. Su supervisor le increpa el motivo de su tardanza, diciendole “Ya con esta son cuatro, te voy a dar una amonestación”. 


Yulai pierde los estribos. Arranca el monitor de su estación y lo estralla en el piso. Sintió deseos de golpear fuertemente en la nariz a su supervisor, pero decide evacuar. Recoge sus cosas y se larga rapidamente. El agente de seguridad de la puerta levanta la mirada, y de inmediato la agacha y continua viendo la pantalla de su celular sentado en la garita desde la cual custodia esa parte del edificio. 


Saliendo del parqueo, a siete esquinas, se le apaga el carro. Le habían presentado a un Coronel de la Policía Nacional que le había obsequíado una tarjeta de presentación firmada a mano con fecha. De inmediato lo llama, y le pregunta si está en la zona. “Si”, dice el coronel de manera pausada y estoica. “Mi compadre anda para San Juan de la Maguana y necesito que me yompeen el carro”, comienza a decir Yulai. Iba a decir otra cosa, pero el Coronel lo corta con un “Voy para allá, mandame tu ubicación”. Así hace él y en más o menos veinte minutos llegá junto con su compadre en el carro quien exclamó “¿¡Y que fué?! ¡¿Te dejaron bota’o?!”.


Yulai se sonrojó y dijo que sí. El coronel, el compadre y Yulai inician sus maniobras para encender el vehiculo. El coronel le da cinco mil pesos en efectivo y le dice “Terminame de arreglar esa vaina por favor”, previo a partir en su lujosa Nissan Patrol que compró de oportunidad a un extranjero que tenía que marcharse del país. Previo a llegar a su casa, le compra algo a un propietario de una fritura quien de inmediato echa una carne a freír. Su hijo le pasa la caja de fosforos diciendole “Mira lo’ fo’foro’ ”. “¡Gracias, no queria pararme en el colmado!”, respondió. Le da un billete de quinientos pesos y se marcha a su hogar. Recibe un e-mail con una invitación para aplicar a otro centro de llamadas, ya tenía como una hora en el buzón de entrada, pero decide atender eso mañana.


FIN.

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