En el patio de la casa, con la brisa de la tarde y el radio sonando bajito, bebiendo jugo de limoncillo porque estamos en temporada, el nieto se le sienta al lado al abuelo, curioso, y le suelta:
—Abu, ¿y cuál es la diferencia entre el Perredé y el Peledé?
El viejo se ríe, se acomoda el sombrero de pajilla y le dice:
—Mío, óyeme bien.
En el Perredé la base no deja trabajar al Presidente, to’ el mundo quiere mandar, y se arma un reguero.
En el Peledé es al revés: de arriba pa’ abajo que se tranca el juego.
El abuelo hace una pausa, prende un tabaco y sigue:
—Mira, el PRD nació igualito que la República: diciendo lo que no era. El PRD era un grupo de gente disímiles unidas bajo una sola convicción: “No soy trujillista.”
El nieto abre los ojos con asombro. El viejo, de manera calmada, cala humo y lo deja descansar un ratico en la boca, antes de proseguir:
—Asimismo pasó con la República en el 1844. Otro grupo disímil de gente diciendo “No soy haitiano.” Pero, ¿qué pasó? Duarte sí dijo lo que éramos, y nadie le hizo caso. Lo mismo pasó con el PLD.
—¿Y cómo así, Abu? —pregunta el muchacho.
—El PLD nació diciendo lo que sí era. Bosch no se fue del PRD porque había mucho desorden, no. Él no se largó diciendo “No soy PRD.”
Él se largó diciendo: “Soy PLD.”
Se fue porque no querían limpiar el reguero de facciones.
El abuelo bota humo lento, menea la cabeza y remata:
—Y mira qué cosa: con los años el PLD se fue pareciendo al PRD. Ahora también anda diciendo por arribita lo que no es.
El viejo mira pa’ la calle, pensativo, y concluye:
—Algún día, muchacho, se van a recordar que lo que le gustó al pueblo fue que arrancaron diciendo lo que eran: un partido nuevo en América.
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